Artigo sobre apresentação no Festival de Morelia, Mexico

Ricardo Herz encantó al variopinto público local

Extraordinaria la compaginación de la banda de jazz del músico brasileño
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De: Ivonne Monreal Vázquez
Lunes 15 de Noviembre de 2010

Entre los gritos de alguna fanática religiosa que recorría incansable uno de los pasillo de la Plaza de Armas de Morelia en un intento por salvar almas perdidas con los estertores de algún discurso cristiano, y entre el griterío y carcajadas del populacho que abarrota el particular espectáculo de los bufones de barriada, el brasileño Ricardo Herz hacía todos los intentos por terminar de finiquitar los últimos preparativos sonoros para dar comienzo a su concierto.

Un abotagado payaso hacía rebotar de risa a la chamacada reunida en torno a su bucólico escenario y veía, en los movimientos que el trance musical provocaba en el violinista Ricardo Herz (quien acompañado de su grupo de jazz participaba de la fiesta del Festival de Música de Morelia), la ocasión propicia para repetir, hasta el cansancio, el recurrido sketch de arremedar al ajeno y desatar la burla general.

Contorsionándose, el incoloro animador echaba un ojo al kiosco donde el talentoso brasileño, conocedor de jazz por la escuela de música Berklee College en Boston, se desgañitaba en cuerpo y alma entre ritmos del norte y nordeste de su país, conocidos como choros y sambas, mientras las bocinas del extremo izquierdo del escenario, tronaban de cuando en cuando espantosamente.

Pero Ricardo Herz, tan imbuido en sus choros, uno de los géneros más antiguos de la música brasileña, ni cuenta daba ni registraba las decenas de historias que en torno a su concierto se gestaban, y mientras una joven pareja bailaba visiblemente enamorada al cobijo del kiosco con la pura esencia de Casablanca en sus pasos, otra chica joven apuraba a su madre y abuela a abandonar el lugar, increpada por su madre que sorprendida por lo nunca escuchado le reclamaba: “¡Oh!, tú no pasas de la Banda Machos”.

Las tribus urbanas reunidas alrededor de la plaza, los gays en una esquina, los emos y sus derivados en otra, las familias del Punhuato o de la Tierra y Libertad más allá, los raterillos y vivillos disfrazados, los indigentes, los teporochos, andaban dispersos por ahí, escuchando, queriendo que no, atrapados sin saber por qué por la hechizante armonía del violín, de la bataca, del bajo electrizante, de la deliciosa melódica de la acústica y en suma de la extraordinaria compaginación de esta banda de jazz, que lástima del papel de los técnicos de sonido, encantó la atmósfera del corazón de la ciudad de Morelia.

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